Las estrellas que no empachan.

En uno de los tantos viajes a la Luna dos astronautas se habían hecho muy amigos. Viajaban con frecuencia al espacio y tenían mucho tiempo para compartir. A medida que sus viajes aumentaban se fueron olvidando de la vista hermosa de la Tierra, cambiándola por largas charlas. Una vez, sin quitar los ojos en el espacio, uno de los amigos le preguntó al otro:
-¿Alguna vez observaste un cielo lleno de estrellas?.
-Sí -le contestó -. De chico me pasaba horas observando las noches en el pueblo donde yo nací.
Escuchando su respuesta le pregunta nuevamente:
-¿Qué te parece entonces la vista del espacio?. ¿No te parece que son como cien cielos juntos?.
-Una vez mi padre -le respondió con seriedad- me preguntó: ¿ves aquel estante lleno de golosinas?, si tuvieras la oportunidad ¿no te apetecería comértelas todas?. Yo le contesté que sí, que comer dulces hasta el hartazgo era mi sueño. Y a esto mi padre me pregunta nuevamente: ¿pero qué pasaría si te comprara toda una fábrica de golosinas?. ¿Podrías comértelas todas?. Y ahí me di cuenta de lo que me quería transmitir…
-¿Qué las cosas muy grandes no nos permiten ver lo valioso de las cosas pequeñas?.
-No, me di cuenta que era imposible comerse una fábrica de golosinas. Y ahí lloré y crecí y por primera vez vi una noche de cielo estrellado e imaginé con ser un día astronauta.
– ¿Para qué?
-Para cumplir con mi único sueño: comer golosinas como cien cielos llenos de estrellas.
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