Desde la ventana.

La lluvia los pone nerviosos, el calor los pone nerviosos. Nerviosos el sol, nerviosos la luna llena. Los pone nerviosos el olor a humedad y la lavanda recién crecida. El intenso trajín de la ciudad y la bucólica tranquilidad de una tarde de verano. La espera en un hospital, la salida de un estadio de fútbol. Nerviosos porque está por comenzar la película, nerviosos porque está por finalizar la obra de teatro y no saben cuándo aplaudir. La silla endeble de madera los pone nerviosos, el sonido del metal cuando araña el tenedor. ¡Cuántos nervios! Como hilos de sangre que recorren los brazos y las piernas; ríos azules de crispación inútil. Cómo suponer entonces la cercanía del abrazo cuando la distancia es cada día mayor. ¿Cómo ofrecer el aroma del pasto mojado o el beso de dos nubes confundidas? Nervios de acero. Nervios de calle. De vereda. De árbol. De baldosa. Y allí está la hormiga. La única que espera una sonrisa, regalando una mirada, bostezando al aire.

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