Desde la arena.

Cómo no vamos a hacer nada, si entró regalada. Mira, se desnuda la muy puta. Obvio, si está así hay que darle. Está regalada. Está ahí, esperándonos. En realidad fue ella la que nos buscó, ¿o no? ¿Qué dice el resto? Yo le doy, ¿vos no le darías? Se abre sola de patas. Esa cosa. Nada. Además no hay que pagar, se la chupa a todos y gratis. ¿Qué más querés? Por ahora solo chupa, quién te dice, después quizás quiera otra cosa. Y le damos igual. Vamos viendo, la convencemos, seguro que acepta. Se ve fácil, no hay que trabajar mucho.

¿Te acordás del día que nos conocimos? Yo sí me acuerdo. Después de salir del cine, qué película horrible, por un momento me había quedado dormida. ¿Te acordás? Me viste a la salida y sin presentarte me invitaste a tomar un café. Muy francesa nuestra charla, muy animada y existencial; enseguida hablamos del disfrute de acostarse con otra persona. No te digo de “hacer el amor”, siempre me causó cierta gracia la frase. Me sonaba como hacer la cama o un licuado de frutas. “¿De qué sabor querés el jugo? El mío hacelo de amor”, una pavada. Te hablo de algo más profundo y sincero, de compartirse más allá de etiquetas; como las cortinas que se abren y dejan traspasar los rayos de sol. El sexo es sexo, ya lo sabemos. Seamos hombres o mujeres es igual, entendemos lo mismo. Tampoco me quiero hacer la vieja ni que todo tiempo pasado fue mejor, una estupidez. Pero eso valía: los acuerdos, sencillo ¿no? ¿Te gustaba cuando te tocaba? Nunca te pregunté. ¿Te gustaban los besos? Qué banalidad la que atrapa nuestros tiempos, ¿no te parece? Cada dos por tres, en la cama, con el pucho prendido, te morías por saber cuál era mi record. Por momentos parecía un interrogatorio. Me insististe tanto con eso que tuve que hacer cuentas. No te cabía en la cabeza que las mujeres no anotamos la cantidad y te reías. Seguro le dirías a tu cofradía de amigos que estuve con pocos, o quizás imaginaste una falsa virginidad. Como no te daba cifras te pensarías eso. Al final te respondí más de treinta y no me creíste. Yo supongo que seguís igual, sin creerme. Suena raro ¿no? Imposible para una mujer de veinte y pocos años, treinta y tantos hombres. Además te quisiste hacer el campeón y me tiraste -sin que te preguntara- yo estuve como con diez. Tampoco escuchaste cuando te conté que un par de veces estuve con más de una persona en la cama, lo juzgarías como algo sucio, supongo. Un día te pusiste pesado con el tamaño de tu pene y me aburrí. Ya no quise compartirme con vos. Cuánta ceguera la tuya. Igual te sentiste un triunfador, ganaste en masculinidad porque conmigo habrás pasado a las dos cifras. Me olvidé de preguntarte qué número había sido yo. Me daba lo mismo, no te preocupes. ¿Te diste cuenta que compartimos algo? Aunque fuera un segundo estuvimos ahí, los dos. Ojalá un día despiertes en un mundo distinto al que hoy día te bordea. No entendiste nada.

 Me voy al cine, espero esta vez no dormirme.

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