Crónicas de la ciudad. Historias de vivos y de muertos III.

Una estación de servicio descansa en plena noche. Las luces de neón están prendidas pero el comercio tiene poco movimiento. Un policía cuida sus puertas, por dentro siente el temor aunque por fuera parezca un muro. Un adolescente llega corriendo, le ruega que lo deje pasar, el muro se lo impide porque es indestructible y sordo. Detrás llegan dos, tres, luego cuatro valientes que atinan a golpear con frenesí a ese muchacho. En segundos son veinte, el jefe de la caterva parece ser el que alza el bloque de ladrillos con sus manos, grita: ¿¡quién se atreve a enfrentarnos hijosdeputa!? Debe tener catorce años. Están excitados y pegan; tienen el mismo coraje que ese muro que tranca el ingreso. La noche los protege, son ratas que se piensan húsares. Al joven lo dejan, se aburren, se olvidan de él. El muro observa detrás del vidrio de la estación, siente como suya la sangre que toca la puerta, en el baño se derrumbará por su miseria y egoísmo. Es tan triste la noche que duele transitarla. Ganamos, se escucha decir al jefe.

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