Cinchando la cuerda.

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Un día escuché una voz que me decía cosas. A veces un tanto ligeras, por momentos duras como un cuarzo. Era una voz afónica como un suspiro, como un mazazo, como música de un violín desafinado. Le doy cuerda y siempre sale distinta, monstruoso camaleón, lacra. En las tardes frías la escucho como un ukelele, o algo así; todavía no lo tengo tan claro para explicar lo que me sucede, aunque el agua esté fría y la arena me queme los dedos de los pies. No me castiguen por mi ignorancia, esa voz es una huella, o algo parecido, una marca indeleble, un uppercut a la mandíbula; siempre la invito al parque pero prefiere la luna, caprichosa. Es tan estúpida, me dice cosas que siempre olvido, y me las repite como si fuera una calesita, una y otra vez, una y otra vez. Es sulfato de plata, uña encarnada, úlcera péptica. Ay, cuántas hormigas recorren mi cerebro, me pican poco a poco hasta provocar el insomnio, cicatriz cerrada, agua de sol al final de la carretera. Cierro los ojos y creo estar escuchando de nuevo ese instrumento; a veces pienso que podría ser un tenedor bailando sobre el metal, me confunde. Se acerca la noche y me dice cosas, tantas como canciones o conejos. Me dice cosas que no te puedo decir, no me deja hacerlo, lo siento. Se cierra la cortina de enrollar, se abre la impertinencia, el atrevimiento.

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