Pájaros del reloj.

Uno se acostumbra rápido al olor de su propia casa, al olor de su propio cuerpo. Nos acostumbramos tan rápido al fracaso, y tan lento a la felicidad. Nos acostumbramos al humo del silencio, al enojo de la noche. Al vapor de tu boca, al sabor de tu lengua, al olor de tu voz. Escuchar ese latido de gripe, ronco como un túnel, rasposo como dos cuerpos bailando tango. Nos acostumbramos a la música de la mañana, al olor del café, a la cotidianeidad sin maquillaje. ¿Quién nos entiende? Si seremos débiles que nos acostumbramos a la tristeza, y nos resulta raro que alguien sonría en un tarde gris de olvido; acostumbrándose a no pedir permiso por su alegría. Somos como pájaros errantes, sin vuelos y sin final. Nos acostumbramos tan rápido a la fantasía como lejano es por momentos el amor. ¿Qué es el amor? ¿Quién es el amor? ¡Que se mueran todos! Una vez Guido Pagliacchio dijo: “la realidad es un vacío sin fin porque nunca estaremos conformes”. Si tendría razón el viejo, pero eso a quién le importa. Apago la luz, vuelvo a mi destino.

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