Catalina y su bicicleta.

para mi amiga Catalina.

 

Cada día me levanto de la misma manera, con el mismo desayuno, con la misma calma, a tomar mi bicicleta en la estación más cercana a mi casa. Más allá de lo que demore en bajar seis pisos de escalones, más allá que me golpeen los turistas siempre ansiosos por alcanzar la playa, repito la misma rutina. Cada día, esquivando cuerpos de voces distintas, pienso en todo lo que significa ese encuentro, y me lleno de dudas por una relación siempre nueva y efímera. Siempre son los mismos temores, una completa incertidumbre, una cita casual que da inicio cuando paso la tarjeta y la máquina me asigna un número. Hola, ¿cómo te va? Se trata de un andar entre dos desconocidos que jamás se harán cómplices de nada, que jamás contarán historias o sumarán proyectos, sólo son dos en una ciudad de nadie. Y de repente pienso en Catalina y su bicicleta, en su andar constante, en su incondicionalidad. Veo cómo la cuida, cómo arregla su canastito de mimbre, las flores que coloca dentro de él. Pequeñita su bicicleta, lindísima. Ellas son una misma, un mismo cuerpo, como una escalera pintada en las cumbres de Valparaíso, como el árbol de cerezo que florece en primavera. Y entonces pienso, mientras se alejan juntas hacia su casa, que las historias reales existen, aunque la noche les trague en calles perdidas, o el silencio les haga voz.

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