El viejo y su espejo (Manuel García – El viejo comunista)

El viejo

Se sienta en la mesa del bar junto a la ventana, desde allí ve pasar la gente y parte de su vida también. Se pone a fumar, prende el tercero de la tarde y es apenas el comienzo. Esa esquina le trae recuerdos, a pesar de los años, de las escaleras transitadas, igual le duele. Se sorprende de tanta dureza, creyendo que ya lo vivió todo vuelve a ese lugar para preguntarse cosas que ya sabe no tienen respuesta. La vida le pasó como un tsunami, nunca más volvió a encontrarse con esa mujer, tiene cuchillos atragantados en la garganta, cosas que jamás pudo decirle. Quién sabe dónde estará ella ahora, quizás un día aparezca en esa esquina, en ese bar, con un abrazo grande lento por la edad y triste por la distancia. ¿Cómo la encontraría después de tantas nubes?, se pregunta el viejo que ya no quiere llorar, que ya no puede porque su cara es un desierto, un lugar que nunca conoció pero que escuchó de aquella mujer las mejores historias. Se pide otro café, se prende otro cigarrillo, se queda mudo pensando en algo que su cabeza da inicio una y otra vez. Al final tuvo que circular la vida, en medio del silencio, detrás de las horas. Ahora, cada tarde, se sienta en el mismo bar esperando el encuentro, espera esa risa contagiosa y tan particular, espera a esa mujer que nunca llegará. Se enciende otro cigarrillo, se apaga su mirada, recuerda el desierto que nunca conoció.

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