Ojos pardos / Hasta la raíz (Natalia Lafourcade)

Ojos pardos

Se coloca en la terraza para ver la lluvia, sintiendo el aire que atraviesa su espigado cuerpo. Sería tan fácil decir que es un encuentro casual de este laberinto pero no, sabe que ya nada es azar aunque el destino sea mudo e impredecible. Ella observa cómo el agua cae de forma despareja, cómo se confunden las líneas que dividen el espacio, le hacen recordar un momento feliz aunque no le importa descubrirlo. Ve los árboles parados militarmente y se siente libre con las estrellas abiertas, que son miles cuando no hay nubes, que son millones cuando las intentan tapar. Desde su lugar queda inmóvil por los murciélagos que despiertan atontados, ellos juegan en el silencio intentando sujetar su polera, disimulando el malhumor por haber dormido tanto. Aquella mujer tiene en sus manos un ramo de girasoles en plena noche, eso le distrae la rutina, le pacifica el alma. La lluvia le encanta, le da energía, la hace cómplice para salir a correr sobre el barro y ofrecer nuevos caminos. No le huye a las tormentas eléctricas, al contrario, va detrás de ellas respirando el aliento frío de la leña, las persigue abriendo las ventanas más grandes, escuchando el sonido que choca en la madera de la casa. Y allí está, cotidiana mujer, en plena oscuridad, con sus ojos pardos, con su fineza al bailar, con sus nuevos carnavales. Siempre viva, eterna, como el agua que maquilla su cara, como el goce de escucharla respirar en plena distracción. El campo despierta, los girasoles se van a dormir. Ella sonríe, siempre sonríe. Despacio.

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La ventana y la calma (Galaxie 500 – Tugboat)

Desde la ventana

La lluvia los pone nerviosos, el calor los pone nerviosos. Nerviosos el sol, nerviosos la luna llena. Los pone nerviosos el olor a humedad y la lavanda recién crecida. El intenso trajín de la ciudad y la bucólica tranquilidad de una tarde de verano. La espera en un hospital, la salida de un estadio de fútbol. Nerviosos porque está por comenzar la película, nerviosos porque está por finalizar la obra de teatro y no saben cuándo aplaudir. La silla endeble de madera los pone nerviosos, el sonido del metal cuando araña el tenedor. ¡Cuántos nervios! Como hilos de sangre que recorren los brazos y las piernas; ríos azules de crispación inútil. Cómo suponer entonces la cercanía del abrazo cuando la distancia es cada día mayor. ¿Cómo ofrecer el aroma del pasto mojado o el beso de dos nubes confundidas? Nervios de acero. Nervios de calle. De vereda. De árbol. De baldosa. Y allí está la hormiga. La única que espera una sonrisa, regalando una mirada, bostezando al aire.

El gran escape / Detén el invierno (Nutria NN)

El gran escape

Y qué pasa si me lleva el viento. Si me arrastra por la sucia carretera de piedras. Si me sangra las rodillas de furia, si me araña los brazos con sus cómplices de arena. Qué pasa. Si me pega una cachetada que me da tres vueltas de insomnio y una de resfrío. Si me tapa con sus manos de hojas verdes, si me ciega los ojos o me masturba las ideas. ¿Hay que pedir permiso para salir sin abrigo? ¿Levantar la mano para ir al baño? ¡Gritar! Qué pasa si me hormiguea la espalda mientras veo cómo lastima a las rocas del muelle. Si me choca de frente con su furia de Loki aunque sé que nunca va lograr despeinarme. Una batalla ganada, las otras las perdí todas. Sentir el hilo fino de su silencio, la provocación obscena del deseo a ser tocado, la renuncia. Qué pasa si es amigo de la lluvia, bastardos que han traicionado a más de uno en plena oscuridad. Qué pasa si no llevo mi paraguas. Que lo olvido, lo tiro, que hago con él un origami. Y me moja la lluvia y me pega el viento, y me río. Qué saben ellos de mis demonios, me pongo la chaqueta negra de cuero, descubro la calle. Que se pudran todos.

La lluvia y la música (Laura Chinelli – La música en mi)

La lluvia vertical

La lluvia vertical, la sonrisa dormida, mirar con las manos, contar con los dedos de los pies, caminar a oscuras, dormir despierto, despertar tarde, alegrarse temprano, el horizonte que suma, el reloj de arena sin arena, escribir en el cielo, escuchar el silencio, respirar música, el domingo en pleno miércoles, el insulto en plena ducha, inventar canciones, burlarse del tiempo, vivir muerto de la risa, girar 360º, andar sobre la calle empedrada, percibir la anécdota, fabricar la trama, admirar el día a día, bostezar sin cansancio, cansarse de jugar, morder el pasto, oler la tierra, saltar el charco, mojarse los calcetines, olvidar el paraguas, gritar en el vacío, abrazarse de a cuatro, contagiar la risa, divagar en el aire, contar estrellas fugaces, dejar fluir, viajar en la mente, flotar en los mares, marearnos porque sí, cortar la luz, apretar el dentífrico sin culpa, construir idiomas inconclusos, dulce melancolía, nostalgiarse el alma, apretar las cuerdas vocales, entreverar los cordones, veintiún gramos, doce músculos, ser feliz. La lluvia vertical, lo imposible, lo que ya viene, lo que ya vendrá a tocar nuestra puerta. Silencio.

El viejo y su espejo (Manuel García – El viejo comunista)

El viejo

Se sienta en la mesa del bar junto a la ventana, desde allí ve pasar la gente y parte de su vida también. Se pone a fumar, prende el tercero de la tarde y es apenas el comienzo. Esa esquina le trae recuerdos, a pesar de los años, de las escaleras transitadas, igual le duele. Se sorprende de tanta dureza, creyendo que ya lo vivió todo vuelve a ese lugar para preguntarse cosas que ya sabe no tienen respuesta. La vida le pasó como un tsunami, nunca más volvió a encontrarse con esa mujer, tiene cuchillos atragantados en la garganta, cosas que jamás pudo decirle. Quién sabe dónde estará ella ahora, quizás un día aparezca en esa esquina, en ese bar, con un abrazo grande lento por la edad y triste por la distancia. ¿Cómo la encontraría después de tantas nubes?, se pregunta el viejo que ya no quiere llorar, que ya no puede porque su cara es un desierto, un lugar que nunca conoció pero que escuchó de aquella mujer las mejores historias. Se pide otro café, se prende otro cigarrillo, se queda mudo pensando en algo que su cabeza da inicio una y otra vez. Al final tuvo que circular la vida, en medio del silencio, detrás de las horas. Ahora, cada tarde, se sienta en el mismo bar esperando el encuentro, espera esa risa contagiosa y tan particular, espera a esa mujer que nunca llegará. Se enciende otro cigarrillo, se apaga su mirada, recuerda el desierto que nunca conoció.

Domingo, no es cualquier día.

Gracias a un comentario de mi amiga Ro Pe me dieron ganas de comenzar una nueva sección. Aquí la primera entrega.


El domingo

Se acaba el domingo, el día en que la gente se pone el jogging y se va a la feria al costado del parque, por la mañana, temprano. Es el día donde se permiten los abrazos, el destiempo, las risas y cuánta cosa más. Sólo es dejarse ir, que la corriente te lleve. Hasta vale gritar, si es que gritar vale algo. Es el único momento donde el reloj se queda dormido, y somos nosotros que lo despertamos con una canción desafinada, o con una de Dinah Washington, que canta divino pero te deja los pelos de punta de tantos nervios. Es el día de sol de toda la semana, el día de los suicidios, de las campanas en las iglesias que resuenan cada una hora. Y es cuando la ducha no termina nunca, y es cuando sentimos, al fin, el olor del jabón, y es cuando las palabras y las personas duran más que los malhumores y las contingencias. El domingo es pura realidad, una sola, como el dulce de leche del helado o la barba que pincha al bebé de turno. El domingo no es jueves, por suerte. El día se acaba… y eso es tan bueno. Y eso es tan bueno.

El domingo.

Se acaba el domingo, el día en que la gente se pone el jogging y se va a la feria al costado del parque, por la mañana, temprano. Es el día donde se permiten los abrazos, el destiempo, las risas y cuánta cosa más. Sólo es dejarse ir, que la corriente te lleve. Hasta vale gritar, si es que gritar vale algo. Es el único momento donde el reloj se queda dormido, y somos nosotros que lo despertamos con una canción desafinada, o con una de Dinah Washington, que canta divino pero te deja los pelos de punta de tantos nervios. Es el día de sol de toda la semana, el día de los suicidios, de las campanas en las iglesias que resuenan cada una hora. Y es cuando la ducha no termina nunca, y es cuando sentimos, al fin, el olor del jabón, y es cuando las palabras y las personas duran más que los malhumores y las contingencias. El domingo es pura realidad, una sola, como el dulce de leche del helado o la barba que pincha al bebé de turno. El domingo no es jueves, por suerte. El día se acaba… y eso es tan bueno. Y eso es tan bueno.