Crónicas de la ciudad. Historias de vivos y de muertos IV.

El día le cayó pesado a ese hombre, la noche se le vino encima en cada hombro, en cada hambre, en su cabeza de desierto. Es la una de la madrugada, el sonido es distinto, los olores cambian. Se sube al primer bus que se le cruza, sin pensar mucho sobre su destino. Se sienta frente al chofer, junto a una mujer que en sus brazos duerme a un bebé. Le pide permiso para sentarse, le desea buenas noches, no pasa nada. Observa en silencio, se desenchufa de a poco, calma la ansiedad. La música lo invade todo en el bus, la radio dice la murguita va creciendo, la murguita ya se armó, cierra sus ojos, no lo puede creer. Nena, tan chiquita y con petaca en la mano, le dice el chofer a una adolescente a través del espejo. Tengo 18, responde, como si tuviera que justificar algo. El chofer le come el escote, le muerde la entrepierna de lo que puede mostrar su falda. El hombre sentado lo mira, piensa en lo equivocado que está el conductor, de lo bajo que es su vida. Continúa la canción, parece interminable, la murguita es la esperanza, el hombre se queda en ese comentario tan fugaz pero tan rancio. ¿Qué vendría después? Un ¿por qué no me das tu teléfono?, un ¿no querés ir pa’ casa? Salgo a las tres, un qué puta, las mujeres son todas iguales. ¡Cómo saberlo! La noche se cierra, la chica de 18 desciende del bus tomando de su petaca, la mujer con el bebé en brazos se queda dormida. El chofer dilata el volumen de la radio, se pierde en su mundo. La murguita es el amor se escucha; aquel hombre ríe, no sabe si de tristeza o de alegría. No sabe, nada sabe en aquella noche de historias mínimas de la ciudad. Cae el telón.

Una ciudad tan tan.

Vivo en una ciudad tan tan. Tan cercana, tan distante, tan grito innecesario. Una ciudad tan grapamiel, tan sin grapa, tan sin miel, tan mostrador de mármol. Tan murga-es-el-imán-fraterno, tan candombe, tan verano con lluvia. Una ciudad tan mate lavado, tan torta frita, tan fainá de orillo. Tan cumbia en los ómnibus, tan a su tiempo, tan a su ritmo, tan desafinada. Una ciudad tan bo, tan ta, tan señora baldeando la vereda a las tres de la tarde. Una ciudad tan calle rota, tan adoquín, tan cementerio con vista al mar. Una ciudad tan agua que cae

cae

cae

cae

Una ciudad tan fútbol de medio pelo, tan vaca, tan penillanura, tan taza. Una ciudad tan risa, tan nervio, tan auto vacío. Tan bicicleta sin ciclovía, tan ciclo de vida sin tanto ciclo, sin tanta vida. Una ciudad tan Calush, tan 33 orientales. Una ciudad tan sobreviviente, tan playa, tan aire. ¿Cuánto nos cuesta la ciudad? ¿Cuánto nos pesa la mochila? Una ciudad tan pueblo con ganas de algo, rasguñando el deseo, respirando el exilio, viviendo una y otra vez la diáspora. Una ciudad tan eso. Tan indescriptible, tan desafortunada, tan al sur del sur.

Los amantes circulares.

Se aman y se odian indistintamente. Por las noches las paredes aúllan y el ambiente de sus cuerpos derrite la cordura. Por las mañanas, al despertar, no pueden mirarse del hastío. Con un capuchino desayunan en la cama sin darse el buenos días, sin contarse un mísero sueño. Domina el malhumor en el dormitorio, detestables son sus caras de resignación por tenerse mutuamente. Se odian, se quieren, se toman de la mano de memoria, terminan de beber y se esconden debajo de las sábanas. No les importa nada, ni las horas de lo cotidiano ni la toalla que intenta volarse  por quedar mal colgada del balcón. Nunca salen, nunca entran, se bañan juntos porque siguen conociendo sus demonios. Se observan bajo el agua y se lamen como salvajes, como si estuvieran llenos de heridas, de cicatrices, se tocan una y otra vez arañando el cuerpo, dominando el alma. Nadie gana en este juego, son dos brasas ardientes, ¡caníbales! Todo es un desorden a su alrededor, al costado de la cama hay ropa tirada quién sabe desde cuándo. Dos láminas clásicas de flores y peces cuelgan sobre sus cabezas. Una lámpara pequeña posa en la mesita de luz pero nunca la encienden. Les importa un botón lo que suceda en el mundo, hacen el amor y ríen. Se gritan, se cansan, se friccionan, se abrazan, se besan, se absorben, sudan, pasan sus manos sobre la piel como si fueran láminas de mármol. Ellos se aman y se odian, se escuchan y se dan la espalda al mismo tiempo. Ellos son equilibrio, son un espejo hirviente y gris, como el equinoccio de otoño, como Casiopea atada a su silla.

El viejo.

Se sienta en la mesa del bar junto a la ventana, desde allí ve pasar la gente y parte de su vida también. Se pone a fumar, prende el tercero de la tarde y es apenas el comienzo. Esa esquina le trae recuerdos, a pesar de los años, de las escaleras transitadas, igual le duele. Se sorprende de tanta dureza, creyendo que ya lo vivió todo vuelve a ese lugar para preguntarse cosas que ya sabe no tienen respuesta. La vida le pasó como un tsunami, nunca más volvió a encontrarse con esa mujer, tiene cuchillos atragantados en la garganta, cosas que jamás pudo decirle. Quién sabe dónde estará ella ahora, quizás un día aparezca en esa esquina, en ese bar, con un abrazo grande lento por la edad y triste por la distancia. ¿Cómo la encontraría después de tantas nubes?, se pregunta el viejo que ya no quiere llorar, que ya no puede porque su cara es un desierto, un lugar que nunca conoció pero que escuchó de aquella mujer las mejores historias. Se pide otro café, se prende otro cigarrillo, se queda mudo pensando en algo que su cabeza da inicio una y otra vez. Al final tuvo que circular la vida, en medio del silencio, detrás de las horas. Ahora, cada tarde, se sienta en el mismo bar esperando el encuentro, espera esa risa contagiosa y tan particular, espera a esa mujer que nunca llegará. Se enciende otro cigarrillo, se apaga su mirada, recuerda el desierto que nunca conoció.

Ojos pardos.

Se coloca en la terraza para ver la lluvia, sintiendo el aire que atraviesa su espigado cuerpo. Sería tan fácil decir que es un encuentro casual de este laberinto pero no, sabe que ya nada es azar aunque el destino sea mudo e impredecible. Ella observa cómo el agua cae de forma despareja, cómo se confunden las líneas que dividen el espacio, le hacen recordar un momento feliz aunque no le importa descubrirlo. Ve los árboles parados militarmente y se siente libre con las estrellas abiertas, que son miles cuando no hay nubes, que son millones cuando las intentan tapar. Desde su lugar queda inmóvil por los murciélagos que despiertan atontados, ellos juegan en el silencio intentando sujetar su polera, disimulando el malhumor por haber dormido tanto. Aquella mujer tiene en sus manos un ramo de girasoles en plena noche, eso le distrae la rutina, le pacifica el alma. La lluvia le encanta, le da energía, la hace cómplice para salir a correr sobre el barro y ofrecer nuevos caminos. No le huye a las tormentas eléctricas, al contrario, va detrás de ellas respirando el aliento frío de la leña, las persigue abriendo las ventanas más grandes, escuchando el sonido que choca en la madera de la casa. Y allí está, cotidiana mujer, en plena oscuridad, con sus ojos pardos, con su fineza al bailar, con sus nuevos carnavales. Siempre viva, eterna, como el agua que maquilla su cara, como el goce de escucharla respirar en plena distracción. El campo despierta, los girasoles se van a dormir. Ella sonríe, siempre sonríe. Despacio.

La lluvia vertical.

La lluvia vertical, la sonrisa dormida, mirar con las manos, contar con los dedos de los pies, caminar a oscuras, dormir despierto, despertar tarde, alegrarse temprano, el horizonte que suma, el reloj de arena sin arena, escribir en el cielo, escuchar el silencio, respirar música, el domingo en pleno miércoles, el insulto en plena ducha, inventar canciones, burlarse del tiempo, vivir muerto de la risa, girar 360º, andar sobre la calle empedrada, percibir la anécdota, fabricar la trama, admirar el día a día, bostezar sin cansancio, cansarse de jugar, morder el pasto, oler la tierra, saltar el charco, mojarse los calcetines, olvidar el paraguas, gritar en el vacío, abrazarse de a cuatro, contagiar la risa, divagar en el aire, contar estrellas fugaces, dejar fluir, viajar en la mente, flotar en los mares, marearnos porque sí, cortar la luz, apretar el dentífrico sin culpa, construir idiomas inconclusos, dulce melancolía, nostalgiarse el alma, apretar las cuerdas vocales, entreverar los cordones, veintiún gramos, doce músculos, ser feliz. La lluvia vertical, lo imposible, lo que ya viene, lo que ya vendrá a tocar nuestra puerta. Silencio.

Los libros abiertos.

Qué sencillo que era todo, qué ingenua que era antes la vida. Recuerdo aquel momento que podría tildar de mágico, aunque si lo veo con mis ojos actuales diga que fue sincero solamente. Lo hice un montón de veces hace más de veinte años, esperando la noche. Quizás me tomen por loco, a pesar que los locos nunca mienten, pero elegía al azar un montón de libros de mi biblioteca, que no era muy grande pero para mí no podía ser más universal. Antes de acostarme, en pleno entusiasmo y descubrimiento, elegía 12 o 14 libros sin motivos, a veces podía ser por el color de su tapa, a veces porque me sonaba de algún lado el nombre del autor, qué importa ya eso. Obviamente, apenas había leído la primer estantería, el resto de los libros siempre estaban pendientes aunque sea justo reconocer que me encantaba verlos dormir, como lo hacía yo todas las noches. Luego de escogerlos los sujetaba de un tirón y haciendo equilibrio uno encima del otro me acostaba en la cama, poniéndolos alrededor mío, calentando mi cuerpo como una frazada. Cuando comenzaba a sentir el llamado los iba tomando como si tuviera en mis manos un laberinto, abriéndolos en cualquier momento de su historia, rescatando imágenes suicidas. A veces simplemente me quedaba pensando en su título, tratando de descifrar su contenido, ¿qué querían con eso? ¿qué escondían detrás? Y allí me encontraba, en la nocturna del silencio, con la veladora prendida y el asombro intacto. Siempre me dio curiosidad descubrir aquellos universos, encontrar sentidos leyendo solamente dos o tres líneas. Me gustaba cerrar la lectura en una página cualquiera, sin que tuviera cordura el cierre y menos que menos la puerta de entrada. Esa era la única regla: fantasear, inventar sus finales, divagar sus inicios. Todo era tan sencillo antes, tan simple. Ahora que pasa el tiempo retengo aquel instante como único, esperando sin ilusiones que 12 o 14 libros me tapen nuevamente, para volver a dormir entre finales e inicios perennes, para apagar la veladora y que sin gritos duerman entre mis sueños.